El blog de María Isabel Redondo.
Cita: de estos aires nunca se preocupa uno desde el valle.
Imagen: una niña sentada en un valle. A su espalda está el mar y, más allá, una montaña azul en cuya cima brilla una estrella.

Imagen:La niña se ha puesto de pie, y ahora mira hacia el mar, la cumbre y la estrella.

miércoles, 6 de octubre de 2010

El abrazo de la luna nueva

Hay un día, un momento, en que todo empieza a cambiar, sin que se sepa —como ocurre las más de las veces, cuando podemos identificar a ciencia cierta un acontecimiento, una persona, algo, como vértice del punto de inflexión— qué es lo que ha invertido los potenciales electroquímicos para que todo, lo mismo de siempre, marche mucho mejor. Ni siquiera coincide ese momento con la primera luz del alba, como sin duda encantaría a los poetas, ni con lo más sombrío de la noche; ni aun con ese rayo verde que dicen que se ve en el segundo en que se oculta el sol. Es tan solo un instante cualquiera y sin motivo, el más humilde grano en las arenas del Tiempo, pero un instante, al fin y al cabo, de eternidad. Un carcelero invisible, inadvertido, viene a liberarte, y todo se suaviza y te encuentras con que tu celda vuelve a convertirse en tu propio santuario. Y esto —misterio y maravilla— sucede sin tu control y sin intervención alguna de tu voluntad. No hay mérito que pueda ganarlo, como no sean las inciertas Paciencia y Esperanza, o el poder de tu grito cuando pides ayuda al universo entero porque ya no puedes más. Como las grandes cosas de la vida, puede abarcarse en el hueco de las manos o del corazón y solo cabe disfrutarlo, que es además la mejor manera de agradecerlo. «Retén la dicha como lo harías con un pájaro en la mano» (Jaime Borrás).


Mientras tanto, «en la noche del mundo tan sombría», esperamos los que no hemos sido favorecidos aún, en este valle de la sinusoide, por tal momento de gracia, luchando cuando podemos contra el desánimo y la ley de inercia, auxiliados por la dulzura y el pequeño rescoldo de la esperanza. «Aguardamos la alegre esperanza» (Liturgia de las Horas).

lunes, 20 de septiembre de 2010

La bella durmiente

Se quedó dormida apoyada en mi hombro. Primero sentí el cosquilleo suave, como de plumas, de su melena color caoba; luego, el peso de su cabeza sobre el hueso que se mueve, como lo llama mi padre. En un momento dado, se le resbaló hasta casi rozar mi seno derecho. Apenas la miré, por discreción, pero tenía que ser muy jovencita para dormirse así, con tanta confianza como desenvoltura, recostada en el hombro de una completa extraña. Trabajo, estudio o juerga la obligaban a caer una y otra vez en la inconsciencia, mientras el autobús continuaba su marcha implacable hacia el norte. Mientras, mi mente mitigaba su mareo y mi corazón su tristeza con la música de Loreena McKennitt. Ya apenas si me quedan sueños, se han roto casi todos como adornos de cristal. Pero quizás dentro de aquella cabecita, no tan liviana como un poeta quisiera hacerla parecer, anidaran ayer algunos, alumbrados de fuego y de inocencia.

domingo, 19 de septiembre de 2010

jueves, 16 de septiembre de 2010

Los Cuentos gamberros, en Chihuahua

Sí, los Cuentos Gamberros saltan el charco. El pasado viernes, 10 de septiembre, nuestra compañera Magaly Castellanos presentó en Chihuahua (México), su patria chica de adopción, nuestro último libro de cuentos. Podéis leer aquí la noticia (y, de paso, ver lo reguapa que está Magaly).



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Asideros

Olvidó su nombre. Desde la foto de su DNI, igual que en el espejo de por las mañanas, le sonreía una señora mayor que no era ella. Habían quitado de la plaza aquella fuente de beber cuya agua sabía a lapicero y la habían sustituido por una de adorno, de esas modernas sin gracia ninguna: solo acero y cemento. Claro que su casa tampoco era su casa, como ocurre en los sueños. No obstante, en las horas de insomnio, el reloj de la iglesia seguía acunándola con sus campanadas de toda la vida. Su colonia continuaba oliendo a lilas. Y los días de lluvia, el paraguas de Andrés, su difunto marido, la amparaba en un manto de seguridad.

jueves, 5 de agosto de 2010

Juega el sol con los mástiles

Mirad, el sol ha decidido ponerse a jugar con los mástiles.


martes, 3 de agosto de 2010

Gritaban

Gritaban. Era de noche y querían salir. Ya no aguantaban más en aquel orfanato miserable. Querían ser, y gritaban.

Ella los oyó, haciéndose al principio la idea de que eran parte de su sueño, o de su pesadilla. Miró bajo la almohada, pero allí solo estaba la radio de pilas con sus auriculares. Levantó entonces del todo el edredón. Nada, salvo las sábanas violetas.

Los gritos proseguían, agudos y bajitos.

¿Tendría ratas en el sobrado?

No, las ratas no piden ayuda.

Se levantó temblando. Su rapidez en ponerse la bata y las zapatillas no impidió que se quedara helada. ¡Maldito invierno de la meseta!

Dio la luz. De hecho, fue habitación por habitación encendiendo todas las luces de la casa. No parecía haber nada fuera de lugar.

Sin embargo, los gritos continuaban.

Puso agua a hervir en la vitrocerámica y aprovechó para hacer una visita al cuarto de baño. De camino, subió el termostato de la calefacción.

¿Era el silbido de la pava lo que gritaba ahora?

Por favor, por favor, déjanos salir.

Endulzó con un poco de miel el tazón de infusión relajante y lo llevó al salón sobre un plato de postre. Imposible volver a dormirse, vería un rato la tele…

Pero en el salón, el reloj de pared de la abuela martilleaba con su tictac:

Por favor, por favor, por favor…

Exasperada, trasladó sus bártulos al cuarto del ordenador (nunca se había atrevido a llamarlo despacho, ni siquiera delante de sí misma. Aunque contuviera una mesa y estantes atiborrados de libros).

Encendió el PC, a ver si a aquellas horas de la madrugada estaba alguno conectado al chat.

Por favor, déjanos salir.

Aquello ya era demasiado. «Vale, hijos míos, pero poneos a la cola». Abrió el procesador de textos y, ante la hoja en blanco, comenzó a teclear furiosamente los primeros compases de una historia, dando gracias por aquella dulce esclavitud.


Mir. Burgos, 26 y 27 de julio de 2010,
leyendo
Corazón entre desertos, de Tucho Calvo.