La dulzura es un tesoro escondido en la vida, entretejido de modo inseparable en la urdimbre de esta. Como sucede con el sol, siempre está ahí —no puede permitirse el lujo de no-estar—, aunque a veces, por largas temporadas, las nubes grises o la niebla la oculten a nuestra vista. No es la realidad, sino nuestra percepción de la realidad. En las circunstancias en las cuales nos hallamos inmersos, lo que debiera ser tan natural como el acto de respirar se convierte, más que nunca, en un imperativo perentorio: recordar conscientemente que está ahí, anclarnos a la vida por medio de los pequeños detalles. El estado alterado en que vivimos convierte esta función natural de nuestra mente-espíritu en un trabajo de descubrimiento.
La dulzura es la leña menuda que alimenta la llama de la Esperanza.
Así podremos decir con el salmista: «Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad».
Es muy bello, Mir.
ResponderEliminarUna respuesta a mis plegarias.
Un abrazo.
Gracias. Es el reflejo de un cierto "estado de gracia" en el que se me concedió vivir la semana pasada. Sigo buscando la dulzura, la sencillez más pequeña, pero la ansiedad es una serpiente gorda que acecha enroscada en un rincón.
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